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jueves, agosto 01, 2013

El soldado (y VI)

Eso ha estado cerca, pensó Arwia, escondida en un hueco que había en la pared. Demasiado cerca. Cuando el esclavo había entrado en la cueva, había sido una oportunidad de oro para probar la nueva fórmula. Ni siquiera iba a tener que salir a buscar un conejillo de indias. No esperaba que le estuvieran siguiendo cuatro soldados. Ni que iban a estar a punto de verla. 

Arwia salió renqueante de su escondite. Siempre tenía dolor la cabeza después de controlar a sus marionetas. Transmitir su mente a sólo una de ellas no era difícil, pero el arte de desdoblarse en tantas se les escapaba todavía y la dejaba agotada. Todavía no era capaz de manejar bien los diferentes puntos de vista simultáneos que la asaltaban. Los gritos de dolor de sus víctimas no estaban ayudando tampoco.

Algo crujió bajo su sandalia. Arwia miró hacia abajo y vio los restos de una de las cerbatanas de hueso. Entonces, miró hacia arriba, hacia la columna más cercana. Allí estaba una de las marionetas, inmóvil. Era la del awilu, una rara adquisición de la colección de su maestro. Una gruesa cuerda la ataba a la parte superior de la columna. 

Se concentró para dirigir su mirada a la mano del títere. Notó el familiar cosquilleo, de la magia recorriendo su cuerpo. Aquél pequeño truco le permitía ver perfectamente en la oscuridad. En la mano del awilu vio restos de hueso incrustados. Por lo visto, aparte de la visión, tampoco era capaz de controlar la fuerza. Tenía que trabajar mucho en ello.

Siguió acercándose a sus víctimas. Hubiera preferido esperar a que terminasen de gritar, pero si quería salvar alguno para agregarlo a su repertorio de cuerpos tenían que actuar rápido. Por lo que había visto en el esclavo, la nueva fórmula no tardaba mucho en matar después del pinchazo inicial.

Si no había contado mal debían ser cinco. El primero probablemente ya se había echado a perder, pero los cuatro que le habían seguido todavía podrían ser aprovechables. En concreto, había uno alto y fuerte que sin duda sería muy útil.

Arwia llegó a la sección de la cueva donde se encontraban los cuerpos. El sonido era estremecedor incluso para ella. Aún así, tenía trabajo que hacer. Sacó un cuchillo de su cinturón y empezó a repasar mentalmente los pasos del complejo ritual mientras evaluaba el estado de los cuerpos.

Como temía, el primer mushkenu que había entrado en la cueva ya había sobrepasado el punto en el que podía serles útiles. Si los soldados hubieran tardado menos en caer, habría podido convertirlo, pero había pasado demasiado tiempo desde su muerte. El cuerpo a su lado, el más joven de los soldados, también se podía desechar. Había muerto de miedo con bastante rapidez. Probablemente era una mente débil en vida, y no había podido resistir los efectos. Arwia tomó nota de esa eventualidad y siguió su examen.

El soldado alto y fuerte estaba retorciéndose en el suelo intentando sacarse los ojos a unos pocos pasos de su posición. Con suerte eso no llegaría muy lejos y no tendrían que desechar el cuerpo. A poca distancia yacía el que parecía su líder, rasgando sus vestiduras. Ambos gritando como posesos. Arwia no pudo evitar sentir cierta curiosidad morbosa. ¿Qué era lo que el alucinógeno les hacía ver? ¿Tendrían todos las mismas visiones o cada uno viviría su propio infierno particular?

Ya sólo quedaba uno, algo más apartado del resto..Arwia lo miró, intentando evaluar si le iba a servir o no. Había algo raro en ese cuerpo. Algo diferente a los demás.

 Con el cuchillo en la mano, se acercó a él. También parecía un soldado, no demasiado joven. Tenía unas extrañas marcas en su brazo derecho, pero por lo demás no llamaba especialmente la atención. Tenía una de la púas sobresaliendo de su cuello. Así que no había duda de que le había acertado. Y sin embargo…

>> Maestro, tenemos un… un problema aquí.

El contacto mental era prácticamente lo primero que había aprendido. Pero también era una de las cosas que mayor pavor le provocaban. Para hacerlo tenía que contactar con la mente de su mentor, y a veces había captado parte de sus ideas cuando le había pillado desprevenido. Era algo que si podía, prefería no repetir.

>> ¿No ha funcionado? 

La voz que sonaba en su cabeza era fuerte, poderosa. Como Arwia se imaginaba que debía hablar un dios. Ya que no le había oído hablar nunca directamente, la mushkenu había decidido asignarle mentalmente esa voz. La otra opción era haber utilizado el sonido que producía para hablar a través de las marionetas pero Arwia no se sentía demasiado cómoda con aquella voz. Pensaba que salía del mismísimo Irkalla… 

>> No, ha funcionado. La nueva fórmula les incapacita de inmediato. Además, parece matarlos de miedo a la velocidad adecuada. Salvo por uno, que ha muerto muy rápido, el resto todavía están sufriendo. Sin embargo, uno de ellos ha tenido una reacción… inesperada.
>> ¿Inesperada?
>> Sí, creo que es mejor que lo vea usted mismo.
>> De acuerdo, hazme hueco.

Arwia obedeció. Se concentró para reducir su consciencia al mínimo posible, retirándose poco a poco del control de su propio cuerpo. Al mismo tiempo, según se iba retirando, notó como los tentáculos de la consciencia de su maestro ocupaban el sitio, tomando el control de su cuerpo. Una consciencia oscura, que había visto miles de años pasar y cuyo conocimiento parecía infinito. Arwia se sintió aliviada cuando la notó retirarse.

>> Qué curioso… Olvídate de los otros, tráeme este al laboratorio.

Y sin más, la comunicación entre los dos se cortó y Arwia se quedó sola. Mirando a aquel soldado mushkenu. Había sido envenado con la misma toxina que los demás. Pero a diferencia de los otros, este no se retorcía de dolor y miedo. Este estaba tendido plácidamente. Sonriendo. Como si fuera el hombre más feliz de todo Kishar.

[Este relato ha sido publicado en Deimar's (http://deimar.blogspot.com) bajo licencia CC BY NC SA]

El soldado (V)

De repente, Seluku notó una sensación inesperada. Los pelos de las piernas se le erizaron y un escalofrío recorrió su cuerpo. Viento.

- ¿Veis? ¡Os lo dije! – Clamó triunfante el Capitán - Una cueva tan grande tenía que tener otra salida al exterior. Vamos, daos prisa. Cuanto antes salgamos, mejor.

El viento les guió hasta una  hendidura en la pared de la cueva. El viento salía con fuerza de la grieta, como si la cueva entera estuviera llorando. El hueco, demasiado pequeño como para poder pasar. 

- No… no os preocupéis. Seguro que podemos encontrar alguna otro conducto. Tiene que haberlo. – Ni siquiera el capitán parecía demasiado seguro de su afirmación. 
- Es la segunda vez hoy que tus meteduras de pata nos ponen en peligro mortal. Creo que es hora de dejes a otro tomar el mando – Dijo Seluku.
- ¿Qué pasa Matapanes? ¿Crees que podrías vencerme? ¿Tú que eres el hazmerreir de todos los guardias? 

Seluku había conseguido atraer toda la frustración y desesperación del Capitán hacia sí. Empezaba a dudar de que hubiese sido buena idea. El Capitán conocía bien su estilo de lucha, y sabía que podía vencerle con facilidad. Pero no podía seguir dejando que les condujese a la muerte.

- ¡Aquí mando yo! ¡Que no se te olvide nunca! – Gritó el capitán golpeando con el puño la pared que tenía detrás para remarcarlo.

El golpe hizo que cayese una nube de polvo sobre ellos. Cuando la nube se despejó, pudieron ver la pared, que resultó no ser tal. Se encontraban delante de unas enormes puertas de oro macizo. Limpias ahora de polvo, la luz se reflejaba en su superficie, dejando ver unos relieves. Relieves que mostraban una escena dantesca. Cientos, si no miles, de awilus haciendo las tareas más penosas. Subiendo enormes piedras a enormes montañas, recibiendo latigazos, siendo apedreados, ardiendo en enormes calderos y comiendo tierra. 

Aquello no podía ser sino las puertas del Irkalla, pensó Seluku. Sintió un escalofrío recorriendo todo su cuerpo. Los relieves sólo mostraban awilus, los mushkenus no tenían sitio allí. El error del Capitán les había conducido a la muerte. Le miró y le pareció patético. Temblando y muerto de miedo,sin creer lo que veían sus ojos y sin poder articular palabra. Y fue entonces cuando Seluku cayó en la cuenta. Podía verle, había luz. 

Seluku se tiró rápidamente al suelo llevándose consigo a Puzur. Justo a tiempo, ya que de inmediato oyó el sonido de los pequeños proyectiles zumbando a su alrededor. El Capitán soltó un grito de dolor.

Levantó la cabeza y apenas creía lo que estaba viendo. Un fantasmal globo flotaba sobre el techo de la cueva, iluminando una zona bastante amplia con una mortecina luz azulada. Siete criaturas avanzaban en completo silencio por la cueva hacia ellos. Lentamente. Criaturas hechas de sombra, que recordaban la forma de un hombre. Habría jurado que una de ellas le devolvió la mirada, aunque no tenían ojos ni boca. La sombra levantó su brazo. El brazo estalló en decenas de pequeños proyectiles negrosque salieron volando en su dirección.

Seluku rodó sobre sí mismo esquivando los proyectiles y se puso en pie de un salto.

- ¡Levantad! ¡Hay que luchar! – Gritó desesperado.

Puzur estaba todavía en el suelo. Había rodado en dirección contraria y noparecía malherido. Bassia estaba acurrucado contra las puertas, intentando protegerse. El Capitán se retorcía en el suelo, gritando. 

Sus oponentes se estaban recomponiendo. El brazo de la sombra que le había disparado estaba reapareciendo, succionando la oscuridad de las zonas que el globo no iluminaba.Seluku no dudaba de que volvería a dispararles en cuanto estuviera completo.

- ¿! Queréis morir aquí !? ¡Luchad! – Volvió a gritar, desesperado, pero ninguno pareció reaccionar. Habían perdido las ganas de luchar, y Seluku las perdió con ellos.

No podían matar a los que ya estaban muertos. Era mejor rendirse. Su único alivio sería una muerte rápida. Más rápida que la del esclavo al que habían perseguido. Seluku se dejó caer de rodillas. La sombra más cercana se acercó a él, apuntándole con su brazo a escasa distancia. Seluku bajó la cabeza esperando el golpe de gracia.

Pero entonces miró a Puzur. Su mirada decía que no quería morir, pero que si tenía que hacerlo, lo haría mirando a la cara a sus enemigos.  Recordó entonces la promesa que se había hecho. No voy a morir aquí, se dijo, no al menos hasta que le haya sacado. Así que, con una determinación que no había conocido nunca, hizo lo único que podía hacer. 

Seluku cerró los ojos y golpeó con su espada a la sombra que se cernía sobre él.Si hubiera estado viva, Seluku hubiera dicho que el grito que dio fue de sorpresa. Y luego, de dolor...

El sonido que la criatura emitió fue mucho peor que cualquier otra cosa que hubiese escuchado. Abrió los ojos y vio al ser partido en dos. Cada uno de los pedazos deshaciéndose en el aire. 

Seluku apenas tuvo tiempo para procesar lo que acababa de pasar. Una nueva andanada de proyectiles se dirigió hacia él y tuvo que rodar por el suelo para esquivarlos. Su espada había quedado ennegrecida por el gople, como si se hubiera atrapado a parte de aquel ser. Aquello le llenó de coraje. Ahora que sabía que se les podía matar, no iban a poder detenerle. Su corazón latía fuertemente. Cargó.

Esquivó má saetas corriendo en zigzag y cortó a otra sombra en dos. Estaba exultante. Había tenido que luchar muchas veces en su vida, pero nunca por una causa que valiese la. Nunca había tenido un buen motivo para no avergonzarse de usar la espada o la lanza. Era un torbellino. Un demonio con una causa. Que aquellas criaturas le lanzasen todo lo que tuviesen, no iban a poder pararlo.

Cayeron otras dos. Criaturas lentas y estúpidas, no podían con su enorme habilidad y genio.

Otro aullido se unió al coro de las criaturas cuando Bassia partió a otra por la mitad.

Los dos luchadores se movieron completamente compenetrados. Rodearon a las dos sombras que quedaban, mientras estas no paraban de disparar sin acertarles. Saltaron sobre ellas al mismo tiempo. Y ya no quedaron enemigos.

Bassia y Seluku cruzaron sus miradas, resoplando. Bassia le sonrió y le hizo un gesto con la cabeza. Respeto. Eso era algo nuevo para el Matapanes. Tendría que pensar en un nuevo mote, algo más acorde.

De las criaturas no quedaba nada. Sólo el globo de luz que les iluminaba. Puzur había conseguido ponerse en pie utilizando su espada como apoyo.

- ¿Estás bien? – Le preguntó Seluku.
- Sí, gracias a ti – Le respondió con una sonrisa – Nos has salvado a todos.

El Capitán gritó de dolor, y los tres mushkenus le miraron. Seluku se acercó hacia él y vio que tenía varios dardos clavados en las piernas y brazos. Cuando vio aparecer a Seluku en su campo de visión, le miró implorante.

- Por favor, Matapanes, tienes que ayudarme., – Las lágrimas corrían por su cara como si se tratasen de canales.
- ¿Puedes moverte? – Preguntó Seluku
- No, no - El Capitán negó con la cabeza – Por favor, ayúdame, llévame a la superficie, te lo ruego. ¡No quiero morir aquí!

Seluku le miró unos segundos.

- Sólo nos retrasarías. – Dijo impasible. Y se alejó.
- No, por favor, Seluku. ¡No me abandones! 

Seluku se acercó a Puzur y le ayudó a caminar. Teniar que irse de allí antes de que viniesen más de esas cosas.

- Vamonos, volvamos por donde entramos y veamos si podemos salir. Es el único plan razonable.
- ¡NO PUEDES DEJARME AQUÍ! ¡BASSIA! ¡BASSIA! ¡AYÚDAME! – Los gritos del Capitán resonaron por toda la caverna. Incluso las puertas parecían acompañarle.

Bassia no contestó al Capitán. Le dio la espalda y empezó a caminar detrás de Seluku y Puzur.. Los gritos de auxilio se convirtieron en maldiciones. Y luego en dolor. Y finalmente, desaparecieron. 

Sus compañeros avanzaban en silencio, cabizbajo. Pero él no. Él sonreía. Le gustaba esta nueva vida. Una vida en la que no iba a actuar nunca más por cuenta ajena. Una vida en la que nada ni nadie podía pararle. En la que no era un desecho. 

Delante de ellos se oyó un rugido. Probablemente algún demonio o un gusano gigante. Daba igual. Nada iba a poder pararle. Al fin estaba al mando de su vida.

[Este relato ha sido publicado en Deimar's (http://deimar.blogspot.com) bajo licencia CC BY NC SA]

El soldado (IV)

- Calla y escúchame. Agárrate a mi hombro. 
- Pero…
- ¡No!. Calla. Vamos a salir de esta. Sólo nos pueden disparar porque nos pueden ver. Vamos a dejar aquí la antorcha y vamos a correr detrás de aquella luz que ves al fondo. Levanta tu espada para que choque antes con cualquier obstáculo que podamos encontrar. – Y recemos para que no sean capaces de ver en la oscuridad pensó para sus adentros.

Puzur pareció convencido con el plan y se agarró a él como le había pedido. La siguiente andanada llegó puntual. Echaron a correr. Salieron del radio de luz de la antorcha para adentrarse en la oscuridad. Sólo podía el  punto de luz lejano. Su mundo se redujo a aquella antorcha y el ruido de sus latidos. Corrieron.

Sin poder ver dónde pisaban, estuvieron a punto de caer varias veces. Pero la suerte les sonreía. No encontraron ningún obstáculo por delante, ni les volvieron a disparar. El destino les sonreía. No estaban más cerca de sus compañeros, pero Seluku se permitió tener esperanza. Al menos, hasta que el punto de luz desapareció.

- ¿Y ahora qué? – resopló Puzur.

Seluku paró, recobrando momentáneamente el aliento. Era una buena pregunta. ¿Y ahora qué?

- Sigamos
- Pero no sabemos a dónde vamos – Protestó Puzur
- No tenemos un plan mejor.

Los dos hombres siguieron avanzando, huyendo de aquellos invisibles perseguidores. Sus ojos ya habían conseguido acostumbrarse a la oscuridad total, y podían esquivar las rocas más grandes, aunque todavía tropezaban con las más pequeñas. Aquella cueva parecía no tener fin, y cuanto más caminaban, más seguro estaba Seluku de que jamás iban a alcanzar el otro extremo. Pero no podía rendirse al miedo, o no saldrían vivos de allí. 

De repente, algo le tapó la boca y le tiró al suelo. Sentía el peso de la criatura encima suyo, aprisionándolo. Intentó  luchar pero era demasiado fuerte.

- Estate quieto, Matapanes – Susurró Bassia.

Seluku tardo unos segundos en comprender y dejar de luchar antes de obedecer. Casi de inmediato, sintió cómo Bassia se quitaba de encima de él. 

- Tenía la esperanza de que no sobrevivieseis. Seguro que les habéis guiado hasta aquí – Dijo el Capitán
Seluku sólo intuía donde estaba, y aprovechando que no le veía, le dedicó una mirada de odio.
- Estamos bien, gracias. – Le contestó, sorprendido consigo mismo.

El capitán le miró confundido. Como si no entendiese qué acababa de pasar.

- No he dicho eso…
- Pero es lo que deberías haber dicho, especialmente después de habernos traído aquí y encima habernos abandonado – Sentenció firme Seluku. No tenía muy claro si era el cansancio o la rabia lo que hablaba por él, pero ahora mismo le estaba muy agradecido.
- ¿Alguien sabe qué nos ha atacado? – Intevino Puzur intentando cortar aquella discusión.
- Ni idea, no pudimos ver nada. – Respondió malhumorado el Capitán.
- Sea lo que sea, creo que necesita luz para ver y por eso no nos ha perseguido. Si hubiesen encendido alguna antorcha, ellos se habrían convertido en los objetivos. – Razonó Seluku. – Creo que estaremos seguros mientras no nos delatemos. Ahora, sobre cómo salir de aquí…
- Si tuviéramos un pan sólo tendríamos que seguirte cuando huyeses con él. Un plan infalible.

El rencor impregnaba todas y cada una de las palabras del Capitán.Parecía bastante molesto con Seluku. Bueno, que lo estuviese. Había demostrado una y otra vez no ser apto para nada que no fuera aprovecharse de los más débiles. Quizá ya había llegado la hora de que mandase alguien con dos dedos de frente. 

- Podemos volver, seguramente no sigan montando guardia, y si lo hacen estarán iluminados por lo que podremos pasar sin que nos vean. – Dijo Seluku, lo más calmado que pudo.
- Eso es una estupidez. Sigamos adelante. Una cueva de este tamaño debe dar a alguna parte o abrirse a otras más pequeñas. Con suerte, alguna de ellas tendrá salida a la superficie.
- No sabemos qué hay ahí delante. Podríamos caer en otra trampa o en algo peor. – Intervino Puzur. Parecía que el susto había espabilado al chico. A lo mejor sí que llegaba a viejo. – No podemos hacer eso.
- Podemos, y lo haremos. ¿Bassia? – Dijó el capitán.
- Estoy contigo, Capitán. Hasta el final – Las palabras eran las adecuadas, pero Bassia no puedo evitar dejar entrever sus dudas en su tono.

Otro error más. Avanzar a oscuras con la esperanza de que en algún momento pudieran encontrar otro camino a la superficie era estúpido. Aquello les llevaría a la perdición. Aun así, Seluku calló, como tantas otras veces, aunque cada vez más harto de hacerlo.

- Deberíamos dejar a este aquí. Sólo nos va a retrasar. – Dijo el Capitán. Seluku no le veía, pero estaba seguro de que el Capitán estaba ahora mismo mirándole con una sonrisa de oreja a oreja. Sin embargo, no iba a darle esa satisfacción.
- No
- Seluku, tiene razón. Sólo seré un estorbo– Confirmó Puzur.
- Incluso él sabe que sólo será una molestia…
- He dicho que no. – Nunca en su vida se había sentido más seguro de sí mismo ni más sereno. No iba a ceder. El chico iba a salir de allí, aunque fuera a costa de aquel matón o de sí mismo.
- Como quieras, pero lo llevas tú. Vámonos. 

Los cuatro avanzaron penosamente. Puzur no podía caminar así que se ayudaba de Seluku para hacerlo. El Capitán y Bassia iban justo delante de ellos, en una formación muy compacta. Al menos no habían tenido noticias de sus perseguidores, aunque no sabía si aquello le tranquilizaba o le aterraba aún más. Había sido demasiado fácil.

[Este relato ha sido publicado en Deimar's (http://deimar.blogspot.com) bajo licencia CC BY NC SA]

El soldado (III)

- No… No. No quiero. – Seluku esquivó la mirada de Puzur. Le dolía decirlo, pero valoraba su vida valía más que la del muchacho.
- Eso pensaba. – Contestó el Capitán, haciéndole una señal a Bassia.
- Andando – Dijo el corpulento soldado entre dientes, mirando fijamente a Puzur.

Puzur miró la espada y volvió a mirar a Seluku. Resignado, avanzó por la cueva. Las piernas le temblaban. Las manos también. Aun así avanzó. Lentamente y mirando constantemente hacía atrás. Asegurándose de que el resto no le abandonaban. Los otros caminaban varios kanus [1 kanu son aproximadamente 3 metros] detrás de él, iluminados por la antorcha de el Capitán. Viendo a Puzur gracias sólo a la que portaba él.

Avanzaron durante un tiempo por la cueva hasta que volvieron a detectar un sonido. El de algo arrastrándose, o siendo arrastrado, por el suelo. En cuanto detectaron el ruido, Bassia, Seluku y el capitán corrieron a esconderse detrás de varias columnas. Sin embargo, Puzur se quedó parado, al descubierto. 

El joven miró algo a su derecha, y dio algunos pasos antes de desaparecer momentáneamente detrás de una columna. No tardó mucho en volver a aparecer.

- Capitán, está aquí, está… está herido, creo – Gritó Puzur, aliviado.

Bassia y el Capitán se miraron brevemente, y sin decir nada fueron avanzando poco a poco de columna en columna acercándose y rodeando la posición que Puzur indicaba. Ante la perspectiva de quedarse sólo a oscuras, Seluku decidió imitarles. 

La luz de la antorcha de Puzur iluminaba un cuerpo en el suelo. Un cuerpo que no paraba de retorcerse y rodar, cómo si un enemigo invisible le estuviera propinando una paliza. Su cuerpo estaba lleno de arañazos y sus manos tenían los dedos ensangrentados. Su boca no paraba de moverse, implorando piedad a su inexistente enemigo. Seluku comprendió que no había parado de gritar. Simplemente, ya no era capaz emitir sonido alguno. Se le pusieron los pelos de punta.

Seluku observó al Capitán, esperando a ver qué hacía. Pero este no parecía dispuesto a moverse de su posición. Observando lo poco que las antorchas les permitían ver.

- Matapanes, Bassia – Susurró el Capitán – ¿veis algo?

Los dos soldados negaron con la cabeza. El Capitán miró entonces a Puzur.

- ¿A qué esperas, chico? Acércate y mira qué le pasa – Le ordenó.

El alivio que antes había iluminado la cara de Puzur desapareció al ver el comportamiento de sus compañeros, y fue sustituido otra vez por el miedo. Avanzó dos pasos hacia el cuerpo. Sus pies apenas se levantaban del suelo, como si pudiesen resbalar sobre las gotas de sudor que le caían por la cara. Otro paso más. La sombra que proyectaba el cuerpo tendido en el suelo disminuía con cada paso. Otro paso. El sonido de pequeñas piedras deslizándose hizo que Seluku se volviese. Otro más. El cuerpo dejó de moverse. Otro. Puzur cayó al suelo.

Seluku apenas tuvo tiempo de reaccionar. El sonido silbante le avisó de la llegada del proyectil y sintió un breve pinchazo en el cuello. Giró alrededor de la columna buscando protección de sus asaltantes. Se tocó el cuello, apenas un rasguño. Miró a su alrededor. Bassia y el Capitán parecían estar bien, cobijados también detrás de una columna. Puzur en cambio había tenido menos suerte y había sido alcanzado en una pierna.

- ¡Tenemos que huir! – Se oyó gritar a sí mismo

Su grito fue cubierto por una lluvia de  pequeños objetos golpeando el lado opuesto de la columna en la que estaba. Tenían que salir de allí y rápidamente. Si no podían volver por donde había venido, tendrían que seguir hacia delante. Echó un vistazo a su alrededor y vio que Bassia y el Capitán ya habían empezado a avanzar usando las innumerables columnas naturales como refugio. Puzur sin embargo, todavía yacía tendido en el suelo sin moverse.

- ¡Puzur! ¡Levanta! – Le gritó
- ¡No puedo! – Le contestó el muchacho entre sollozos.

Otra andanada. Seluku tomó una decisión. Salió corriendo hacia Puzur. En dos zancadas ya había atravesado la mayor parte de la distancia que les separaba, con proyectiles clavándose en el suelo detrás de él. Lo que vió delante le dejó clavado en el sitio.

El esclavo. Sus manos ensangrentadas tenían agarrado a Puzur por los pies. Tenía la piel seca y sus cuencas vacías parecían mirar directamente a Puzur. Este intentaba zafarse del agarre y arrastrarse fuera de su alcance sin éxito. Sus ojos estaban salidos de sus órbitas, completamente desesperado por la situación.

Otro de los objetos le pasó silbando al lado de la oreja. “Idiota, ¡muévete!”, pensó. Corrió hasta alcanzar al chico y sin pensarlo dos veces cercenó las manos del esclavo. Ayudó a levantarse a Puzur y buscaron el refugio de una estalagmita cercana. Por el rabillo del ojo Seluku pudo ver el cuerpo desmembrado intentando seguirles, reptando por el suelo.

Los pequeños misiles  volvieron a golpear contra su cobertura. El destello de la antorcha de sus compañeros se podía ver alejándose de su posición. Puzur no podía caminar. Tenía varios de los pequeños objetos  clavados en la pierna. No sabía que eran ni lo que hacían, pero el chico no podía moverla.

- ¡Déjame aquí, sálvate tú que puedes! – Dijo Puzur intentando que Seluku le soltase - Intentaré ganar tiempo para que podáis escapar.

La cara de Puzur ya no reflejaba ningún miedo. Sólo pura determinación. Aquel joven estaba demostrando más valor en sus últimos minutos de vida que sus compañeros, que eran ya sólo una luz lejana, o que el mismo en toda su vida. En aquel momento, Seluku sintió una inmensa vergüenza por su comportamiento anterior. No le iba a fallar otra vez. No le iba a abandonar. Se prometió a sí mismo que se aseguraría de que aquel muchacho saliese de allí con vida.

[Este relato ha sido publicado en Deimar's (http://deimar.blogspot.com) bajo licencia CC BY NC SA]

[Parte 1]
[Parte 2]
[Parte 4]
[Parte 5]
[Parte 6]

El soldado (II)

Los cuatro avanzaron silenciosamente por la enorme cueva que parecía no tener fin. Sus sombras se proyectaban contra la pared y parecían bailar al son de una música que sólo ellas podían escuchar, haciendo volar la imaginación de Seluku, que empezaba a ver espíritus por todas partes. El silencio sólo se veía roto por el ocasional ruido de las sandalias resbalando sobre la gravilla que cubría el rocoso suelo. Más ramificaciones y más callejones sin salida. El tiempo parecía congelado. Shamash  podría haberse puesto y vuelto a salir un millar de veces y ellos ni se habrían enterado.

- Por favor, capitán. Demos ya la vuelta. Esta cueva podría llevarnos hasta el mismísimo Irkalla. – Sollozó Puzur, visiblemente asustado.
- Escúchame, pedazo de mierda de camello. No vamos a … - La frase del capitán murió antes de ser terminada.
- ¿Capit…
- Ssssssshhh… ¿no oís eso?

No lo oía. Bassia tampoco parecía oírlo así que se pegó al capitán para probar suerte desde su posición. Levantó la cabeza y le dirigió una sonrisa.

- Chicos, es nuestro día de suerte. Creo que el muy idiota ha hecho el trabajo por nosotros – Dijo el capitán – Matapanes, ven aquí y dime qué te parece a ti. 

Seluku hizo una mueca ante la mención de su apodo. Todos pensaban que no tenía valía más que para acabar con la comida. Algún día haría que se tragasen su altivez, especialmente el Capitán. Pero de momento, tocaba agachar la cabeza y obedecer. Así que   se acercó a su posición e intentó oír aquello que tanto interés había suscitado. 

- ¿Qué es, Seluku? – Preguntó Puzur desde la retaguardia.
- Alguien está gritando. – Era apenas audible y no se podía identificar qué decía, si es que decía algo. Pero era un mushkenu gritando sin duda.
- ¡Perfecto! ¡Me encanta cuando nos lo ponen fácil! No hagamos esperar a alguien que nos quiere a su lado con tanto empeño – Dijo el capitán con una sonrisa igual a la que lucía su mascota, Bassia, antes de iniciar la marcha apresuradamente.

Según iban avanzando por la cueva, el grito se volvía cada vez más intenso. Más desgarrador. Amplificado por las paredes de la cueva. Ahora que todos lo oían claramente, lo identificaron sin problema. Un desgarrador grito de dolor. Alguien estaba sufriendo enormemente. 

- Capitán, quizá sí que deberíamos volver. Eso no suena demasiado bien – Dijo Seluku, incapaz de contener más las ganas de huir de allí.
- Tonterías. Se habrá caído y se habrá roto algo. O se habrá golpeado la cabeza contra el techo. Cuando trabajaba en la mina pasaba continuamente. – Espetó el Capitán. 

Por mucha experiencia que tuviese, aquello no podía ser más que un error. Otro más en su larga lista de meteduras de pata. Nadie podía gritar así. Se hubiera desmayado hace tiempo. No, aquel sonido era algo que ningún ser podía emitir de forma normal. Quizá Puzur tenía razón y habían llegado a los dominios de El Tejedor [Lummu-Kuzaku, el actual dios de la muerte y señor del Irkalla], y aquellos eran los gritos de los muertos sufriendo por toda la eternidad.

Siguieron al Capitán que iba tomando caminos a la carrera sin dudar. Incluso algunos que Seluku pensaba que no les llevarían a ninguna parte. Hasta que llegaron a una abertura donde la cueva comunicaba con una estancia enorme. Grandes columnas naturales se levantaban hacia el techo, que apenas vislumbraban. El grito rebotaba en el enorme orificio cavernoso haciendo parecer que provenía de todas partes, aunque su intensidad había disminuido considerablemente. 

- ¡Capitán! ¡Volvamos por favor! – Dijo Puzur medio llorando. 
- ¡Te he dicho que te calles, niño! – Las palabras del capitán sonaron con poca convicción. 

Aquella sección no podía ser natural. No alcanzaban a ver los laterales de la cueva y apenas el techo. Se parecía demasiado a las descripciones que habían oído del inframundo. Decían que allí había casas hechas de polvo donde los espíritus residen alimentándose de barro. Casi podía ver criaturas hechas de sombras escondiéndose en el techo de la columna, esperando caer sobre ellos.

El Capitán se quedó dubitativo unos segundos. En su cara se podía ver que no tenía muy claro qué hacer a continuación. Los gritos apenas se oían ya así que con suerte podrían decir que habían perdido el rastro. Seluku deseaba ferviertemente que se fueran cuanto antes. Mientras pudiesen.

- Creo que debe estar por allí – Dijo el Capitán señalando algún lugar por delante y a la derecha de su posición. Sin embargo, al revés que antes, no se movió. De repente, el capitán se giró con una sonrisa en la cara. Una sonrisa malévola y cruel. Y dirigió dos simples palabras a Puzur. – Ve delante.

El terror cobró forma en la cara de Puzur, que dio un paso atrás.

- ¡No! ¡NO! ¡Me niego! – El grito de Puzur se perdió en la inmensidad de la cueva.

El capitán hizo una señal a Bassia con la cabeza. Este levantó su espada hasta estar a la altura de la garganta de Puzur, donde ninguna armadura le protegía. 

- No, Bassia, por favor… - Un reguero de lágrimas rodaban por la cara de Puzur. Viendo que no surtía efecto, miró a Seluku – Seluku, ayudame…

La mirada del muchacho pedía compasión a gritos. Seluku sabía que el chico no estaba preparado. Sabía que él tenía muchas más posibilidades de saber reaccionar a lo que quiera que encontrasen. Sabía que el Capitán aceptaría gustoso que cualquiera que no fuese él encabezase la marcha. Sabía que aquel chico podía llegar a valer más que cien Capitanes con sus cien Bassias. Pero también sabía, que él no era el tipo de hombre que le hubiese gustado ser, aquel capaz de hacer lo que considera justo.

- ¿Y bien, Matapanes? ¿Vas a ayudarle? – Preguntó el Capitán, impaciente.

[Este relato ha sido publicado en Deimar's (http://deimar.blogspot.com) bajo licencia CC BY NC SA]

El soldado (I)

[Y llegamos al relato final de este mes... erm... del mes anterior. Espero que hayáis disfrutado un poco al menos con ellos. Me queda agradecer a mis editores involuntarios: Freak, LePhont, Deliath y Thaerlo. Muchas gracias por vuestro apoyo y opiniones :)]

- ¿Pero qué estamos haciendo aquí, Capitán?

El Capitán apretó los dientes intentando contener un grito que les descubriese. Se volvió hacia Puzur con una mirada de odio que se vio acentuada por la poca iluminación que proporcionaban las antorchas.

- Nuestro trabajo. Y ahora mantente callado y continúa. – Susurró el Capitán.

Puzur lo miró de vuelta y sonrió, intentando ocultar su nerviosismo.

- Pero Capitán, nuestro trabajo está en la ciudad. ¿Qué hacemos en una cueva en mitad de la nada pasando calor por un único esclavo? Deberíamos volver a casa…

Bassia corrió a interponerse entre el Capitán y Puzur.

- Tranquilo, Capitán. Tranquilo. No es el momento – Bassia intentó calmarle, con poco éxito.
- ¡Puzur, te juro por la vida de mis hijos que si no te callas voy a castrarte y meterte los huevos por el culo! – De alguna forma, el Capitán consiguió que su susurro llevase la fuerza de un caballo.

Puzur lo miró sin comprender. Al pobre muchacho se le notaba que quería volver a casa y no era capaz de entender por qué era necesario seguir el rastro del esclavo huido.

- ¡Llevamos aquí abajo al menos un danna [aproximadamente dos horas]!

El movimiento de Bassia fue demasiado rápido. Seluku apenas le vió girarse. Si las palabras del capitán tenían la fuerza de un caballo, el puñetazo fue una coz.

- Puzur, cállate. Ya.

Seluku miró a Bassia con cierto asombro. El mushkenu era bastante alto y fuerte. No sospechaba que pudiese movrse a esa velocidad..Además, pocas veces hacía algo por iniciativa propia. Le extrañaba que no hubiera tenido que pedir permiso a su Capitán. Puzur también miraba a Bassia, pero mostrando cierta confusión. Hizo un amago por levantarse pero volvió a caer de culo. Todavía aturdido, se pasó la mano por la boca, dejando una marca de polvo sobre su cara. Los otros tres soldados aún tuvieron que esperar unos momentos hasta que el chico pudo ponerse en pie. Entonces sacudió un poco su armadura yse aseguró de que los dientes todavía estaban en su sitio. Cuando terminó su exámen, se giró hacia Bassia con claras intenciones de seguir pidiendo que volviesen.Este chico no va a llegar a viejo, pensó Seluku. Sin embargo, Puzur pareció reconsiderarlo al mirar a los ojos de su gigantesco compañero.

Seluku no pudo más que darle algo de razón a Puzur. Llevaban ya un rato largo recorriendo aquella cueva, aunque “agujero en el suelo” habría sido un nombre más apropiado, y no habían encontrado nada. La cueva no hacía más que extenderse y extenderse, con miles de ramales que no llevaban a ninguna parte. El esclavo podía haberles dado esquinazo hace tiempo. Y aun así, no podían volver con las manos completamente vacías. Otra brillante misión dirigida por su autoproclamado líder.

- Bien. Ahora que el niño nos lo permite, continuemos – Ordenó el Capitán.

A Seluku le molestaba la actitud del mushkenu [homo sapiens]. Lo de Capitán no era más que un mote que había elegido. Si lo había hecho en honor a su capacidad de liderazgo, lo había elegido muy mal. En realidad no tenía ningún poder más allá del que le proporcionaban matones como Bassia, que habían decidido seguirle. Él mismo lo habría hecho mejor si le hubiesen dado la oportunidad. El Capitán dirigía simplemente por ser el menos escrupuloso.

Antes de que el amo lo comprase, el Capitán había servido como capataz en una mina. Suponía que de allí había sacado sus ansias de poder. Los esclavos más ancianos contaban que nada más llegar a la mansión, lo primero que hizo fue buscar al esclavo más fuerte y acabó con él. Golpeándolo de forma salvaje con sus puños hasta reducirlo a una masa sanguinolenta. Por lo que había visto Seluku de su comportamiento con el resto de esclavos, estaba seguro de que además lo había hecho con una sonrisa en la boca. A partir de entonces insistió en que todo el mundo le llamase Capitán. Si alguien conocía su nombre de verdad, era algo que se guardaban mucho de compartir.

Los cuatro hombres continuaron la marcha, cansados y nerviosos. El Capitán iba a la cabeza, como siempre. Intentando demostrar algo. Por supuesto, Bassia iba justo detrás de él, no fuese que al alejarse tuviera que tomar decisiones por sí mismo. Puzur y él cerraban la formación.

- Seluku, sabes que tengo razón, deberíamos volver… - Le susurró el joven guardia, uno de los pocos que todavía le llamaban por su nombre real.

Sí, el muchacho tenía razón. Ningún esclavo merecía esa persecución. Además, se contaban muchas historias sobre las cuevas cercanas a la ciudad y sus moradores. Ninguna de ellas bonita., Pero Seluku era muy consciente de qué pasaría si volvían sin haber intentado hacer todo lo posible.

- Deberías dejarlo pasar, Puzur. No vas a sacar nada bueno de seguir protestando – Dijo Seluku mirando sus pies.
- Pero el amo no se va a enterar…
- Creo que no hablamos del mismo amo.

Seluku se señaló el antebrazo derecho. Las marcas recorrían todo su brazo desde la mano hasta su hombro. Varias líneas de texto escrito a fuego en su piel que su amo ni siquiera se había dignado a decirle qué significaban. Aún podía notar cada símbolo ardiendo de forma individual. Y tan sólo por haber robado algo de pan de la cocina.

- No sabrá qué es lo que ha pasado si no se lo decimos… - Volvió a protestar el joven.

Puzur no le caía mal, pero por su bien hubiera deseado que no estuviera allí. El amo había visto algo en él cuando lo compró e inmediatamente le introdujo en la guardia. Sin embargo, Puzur no estaba preparado para el trabajo. Demasiado joven y demasiado buen corazón. Con el tiempo, podría convertirse en un buen soldado, en un buen hombre. Si no le rompían antes.  Como le había demostrado su discusión con el Capitán, el chico no era capaz de comprender cómo funcionaba el sistema. Ese tipo de cosas hacían que te levantases en mitad de la noche con una daga clavada en el costado.

- Lo sabrá. Si sospecha que mentimos tiene medios para sacarnos la verdad…
- Callaos ya. Vais a hacer que nos maten. - Bassia paró la discusión. Otra vez. Era mejor si no tenía que hacerlo por una tercera, especialmente porque tenía razón.

No por parte de esa pobre alma que estaban persiguiendo, no. Corrían más peligro de morir al golpearse con estalactita o de tener algún “accidente” con sus compañeros que de que aquel esclavo les hiriese. En cada nueva remesa siempre había uno como él, uno que pensaba que podía escapar... y el resultado siempre era el mismo. Un ejemplo a los demás de las consecuencias de intentarlo y no conseguirlo. No era un trabajo que le enorgulleciese, pero era mejor que estar al otro lado del látigo.

No, el peligro venía de aquello que moraba bajo la superficie. Había oído hablar de gusanos gigantes capaces de tragarse de un bocado un carro entero. De demonios cubiertos de escamas con espadas en lugar de manos que se deleitan comiéndose tus entrañas con sus mandíbulas de araña mientras aún estás vivo. Y eso sin contar los espíritus de los awilus [enanos, la raza dominante] que no habían podido llegar al Irkalla [el inframundo] y se habían quedado atrapados en el subsuelo, envidiando a los vivos por toda la eternidad. Muchos esclavos y awilus habían desaparecido en aquellas colinas. Renunciar a la protección de Shamash [el sol, el dios del sol] era una invitación al desastre.

[Este relato ha sido publicado en Deimar's (http://deimar.blogspot.com) bajo licencia CC BY NC SA]

[Parte 2]
[Parte 3]
[Parte 4]
[Parte 5]
[Parte 6]

domingo, julio 21, 2013

Sobre los Uridimmu (y II)

Nos despertamos en mitad de la noche al ruido de animales agitados. Nos vestimos rápidamente y salimos de la tienda. El campamento entero estaba en pie y preparado para una lucha. Amir se encontraba sentado removiendo los restos de la hoguera. Nos ordenó que nos sentáramos con él y que nos mantuviéramos en silencio. Tenía la mirada de quien espera que la muerte pase de su puerta, aunque esté preparado para enfrentarse a ella. Los caballos y dromedarios estaban intranquilos, atados a los árboles del oasis que se encontraba a unos pocos kanus [1 kanu son aproximadamente 3m] de las tiendas. 

De aquella noche, recuerdo mi nerviosismo. No soy un luchador, y mis compañeros de viaje estaban demasiado débiles como para defenderse de algo que ponía nervioso a cincuenta Amorreos armados. Miraba hacia todas partes, pero no veía nada. Tampoco se oía nada que no fueran nuestros animales. Y de repente, uno de los jóvenes nómadas que se encontraba encaramado a una de las palmeras del oasis dio un grito de alarma.

Su mano señaló a Amurru [oeste], pero yo seguía sin ver nada. Los Amorreos se prepararon para el combate, corriendo todos a proteger a sus animales. No lo podía creer. El campamento estaba totalmente desprotegido. Intenté razonar con Amir que aquello era una locura, pero estaba demasiado concentrado mirando a sus hombres así que confié en su criterio y observé. Y entonces lo vi, y mi corazón se paró.

La mole avanzaba a una velocidad endiablada por el desierto. Sin hacer el menor sonido. Debía de ser tan grande como dos caballos, y sus numerosas patas eran como lanzas. Tenía varios pares de pinzas tan grandes como los propios Amorreos, y su cola terminaba en un aguijón que hubiera podido atravesar perfectamente a un soldado con escudo y armadura.

Una nube de flechas cayó sobre la criatura, rebotando contra su caparazón. Los Amorreos formaron un muro de lanzas delante de sus animales. Los dromedarios y caballos gritaban enloquecidos. Y la criatura con ellos. Un sonido gutural que me dejó completamente paralizado. 

Atravesó el muro como si no hubiese nada y arremetió con sus pinzas sobre uno de los dromedarios. Una segunda línea de amorreos se posicionó entre la criatura y su presa con enormes escudos. Las pinzas atravesaron la madera como si se tratase de arcilla, así como al propietario del escudo. El resto de ellos, empujaron a la criatura con todas sus fuerzas, llegando a separar sus patas delanteras del suelo.

Los lanceros rodearon a la criatura y empezaron a atacarla. La mayoría de los embates no parecían afectarla, e incluso me pareció ver algunas lanzas rompiéndose, pero otras consiguieron penetrar sus defensas y hacer que la criatura dejase de atacar a los que llevaban los escudos.  

El monstruo giró sobre sí mismo a una velocidad increíble para algo de ese tamaño. El golpe de su cola levantó una nube de arena y sangre donde hasta hacía poco se encontraba un Amorreo. Con sus garras hizo un barrido que tiró al suelo a otros tantos. Los nómadas gritaban en su extraña lengua intentando reorganizarse y separar a la criatura de los animales, que a su vez se movían desesperados alejándose todo lo que les permitían las cuerdas.

He conocido a muchos soldados y mercenarios, y he presenciado muchas luchas. Pero pocas veces he visto a nadie luchar con tanta pasión y arrojo como estos Amorreos, defendiendo a sus bestias como si fuera su propia vida lo que estaban defendiendo. Estos seres, que en tiempos más pacíficos no tienen ningún problema en acuchillarse unos a otros, frente a un enemigo común se convierten en una fuerza temible.

La criatura recibía ataques por todas partes, y aunque su caparazón paraba la mayor parte de los golpes, empezaba a encontrarse bastante confusa y lanzaba ataques de forma caótica. Los Amorreos se movían continuamente. Los lanceros bailando su danza mortal. Los demás tratando de arrastrar a los que iban cayendo y sustituyéndoles en su ataque. Una batalla digna de verse. 

Sangre, sudor y arena, es todo lo que la bestia dejó atrás cuando huyó al ver que aquella victoria le podía salir demasiado cara. Sangre, sudor, arena y un silencio inquietante y tenso, el silencio de los que saben que a duras penas han ganado una batalla hoy, y que pronto tendrán que repetir su lucha. Sumidos en este silencio los Amorreos socorrieron a sus heridos y recogieron a sus muertos. 

El balance de la noche se había saldado con tres almas perdidas y diez guerreros que tardarán algún tiempo en volver a ser útiles. Y tan sólo un dromedario herido. No conozco a ningún ciudadano que hubiera luchado con tanto valor para protegerse a sí mismo, mucho menos a su prójimo o sus animales o sirvientes contra una criatura que no aparece ni en sus más oscuras pesadillas. Tiempo después pude poner nombre a aquella criatura, descrita vagamente en los registros del sabio Anepada y bautizada como un Eriamalaku. Un caminante de las arenas.

Al día siguiente asistí a los rituales funerarios, si es que se les puede llamar así. Los Amorreos no parecen tener sacerdotes ni religión. O al menos yo en todos estos años no he podido descubrir ningún signo de ello. He oído historias que se cuentan durante las frías noches al lado de las hogueras. Historias sobre imperios ancestrales, dioses muertos y sueños enterrados bajo la arena del desierto. Y por ello, cuando un guerrero Amorreo muere, las mujeres cubren su cuerpo con la piel de su querido animal, y el cadáver es enterrado en el ardiente suelo, sin ningún tipo de ceremonia. Los vivos honran su memoria celebrando un festín sobre él, más grande cuanto mayor honra se le quiere dar al muerto. El de ese día fue enorme.

A los Amorreos se les suele llamar Uridimmu en tono despectivo. Por su curioso aspecto y porque su profundo amor por su tierra a veces les vuelve locos cuando están alejados de ella. Considerados bárbaros sin salvación, viven una vida siempre al borde de la muerte en uno de los territorios más arduos conocidos. Orgullosos y fieros. Honorables y compasivos. A veces no puedo evitar preguntarme, ¿qué es lo que  ven ellos cuando nos ven a nosotros? ¿acaso no seríamos nosotros los bárbaros?

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Tabla XII del tratado de Ocapromol sobre la frontera occidental del gran Imperio de Akkad

[Este relato ha sido publicado en Deimar's (http://deimar.blogspot.com) bajo licencia CC BY NC SA]

[Parte 1]

Sobre los Uridimmu (I)

[Tercer relato del mes sobre La Puerta de Ishtar. Do not get bored!!]

De todas las razas inteligentes que pueblan Kishar, reconozco que siento cierta fascinación por los Amorreos [los que vienen del oeste] o, como ellos prefieren llamarse a sí mismos, los Badawi. Para clarificar, mencionaré también el nombre más común con el que los ciudadanos del glorioso Imperio se refieren a esta raza, los Uridimmu [perros rabiosos], aunque no estoy de acuerdo con esta descripción.

En cualquier caso, a lo largo de mi vida y de mis numerosos viajes no han sido pocas las ocasiones en las que me he visto arrastrado a las ardientes arenas del desierto de Eria y en las que he compartido pan y agua con tribus de Amorreos. Estas criaturas de cuerpo humano y cabeza de chacal, un primo lejano de nuestros perros caseros, han hecho de las dunas y los oasis su hogar, vagando de un lado a otro siempre en busca de recursos, principalmente agua y pastos para sus queridos dromedarios.

Y es que podría parecer que los Amorreos valoran más las vidas de su ganado que las suyas propia. En parte porque su supervivencia depende en gran medida de ellos. No sólo son excelentes bestias de carga y monturas de combate, y tengo que decir que hay pocas cosas más impactantes que ver a veinte jinetes cargando con sus espadas curvas a través del desierto. La leche que producen las hembras es parte integral de la dieta, así como la carne de aquellos que perecen, que cocinan de múltiples formas con raras especias que sólo se pueden encontrar en escondidos lugares del desierto. Su piel es utilizada para confeccionar las túnicas que visten y las enormes tiendas que los Amorreos llevan consigo a todas partes, y gracias a esto se mantienen frescas durante el día y cálidas durante la noche. Sus huesos también son utilizados para todo tipo de menesteres,  desde la creación de armas hasta instrumentos musicales, además de ser utilizados también en su cocina. Cualquier viajero que comparta camino con un Amorreo sin duda será deleitado alguna noche con las notas extraídas de sus flautas o guitarras, cuyas cuerdas se fabrican con el pelo de estos animales.

Sabiendo esto, no es de extrañar la pasión que sienten por ellos y su firme interés en protegerlos. A este respecto he de contar una historia que ilustrará hasta qué punto están dispuestos a llegar para asegurar su supervivencia y sirve de ejemplo además de lo ardua que es la vida en las arenas del Eria.

Sucedió durante mi primer viaje. El gran Emperador, que los dioses guarden su vida como guardan el cielo estrellado, con toda su sabiduría tuvo a bien encomendarle a este humilde ciudadano la tarea de averiguar una forma segura de viajar por el desierto. Una tarea de máxima importancia y que fue mi recompensa por mis investigaciones sobre la fundación del glorioso Imperio de Akkad. 

Mi idea inicial fue la de cartografiar la zona, pero los primeros intentos se mostraron fútiles cuando después de una semana avanzando en dirección oeste no encontramos ningún oasis. Nuestras reservas de agua amenazaban con agotarse y las pocas indicaciones que habíamos recibido sobre la situación de los oasis habían demostrado ser erróneas. Con aplomo, seguimos adelante y sufrimos bastantes bajas durante el camino, especialmente entre nuestros caballos. Por fortuna, nos cruzamos con la tribu, o asa’ir en su lengua, de Amir Al Yusuf. 

Hago aquí un inciso para indicar cómo se agrupan los Amorreos. Cada tribu está formada alrededor de un patriarca, o Shayh, el ser de más edad de la tribu y que normalmente suele ser también el ancestro común de todo el asa’ir. Porque una tribu Amorrea no es más que una familia. A veces más grande y a veces más pequeña. Pero todos los miembros de la tribu están relacionados de una forma u otra, a veces con parentescos mucho más lejanos de los que se contemplan dentro de los límites del glorioso Imperio. Todos los miembros de un mismo asa’ir suelen llevar túnicas del mismo color así como comparten aspectos comunes de su pelaje. Dentro de la tribu se forman además grupos más pequeños llamados goum, y que están formados por Amorreos con un parentesco directo. Todos los miembros de un goum comparten una misma tienda, o beit. No es raro encontrar tiendas enormes que den cobijo a más de veinte Amorreos.

Así, Amir Al Yusuf era el Shayh de un asa’ir formado por cinco familias, haciendo un grupo total de unos cincuenta Amorreos, la mayoría de ellos bastante jóvenes. Todos con túnicas blancas y azules y un pelaje dorado. Eso, sin contar a las mujeres. 

Un detalle curioso de los asa’ir es que un visitante jamás sabrá el número de mujeres que viajan con el grupo. Las mujeres apenas abandonan las tiendas, y cuando lo hacen suelen ir cubiertas con velos que hacen casi imposible diferenciarlas. Además, no suelen tratar con los extranjeros, y apenas con los hombres que no forman parte de su goum.

Amir Al Yusuf nos dio la bienvenida y nos invitó a refugiarnos del inclemente Shamash [el sol, dios del sol] al que ellos llaman Shams. Los Amorreos tienen la extraña costumbre de ofrecer su hospitalidad a cualquier viajero con el que se crucen. Me avergüenza decir que, pese a todos nuestros conocimientos y medios, tuvimos que abusar un poco de su hospitalidad, tanto de sus recursos como de su información, especialmente la relativa a cómo viajar por el desierto, tanto la situación de fuentes de agua como trucos para evitar los efectos del calor.

Normalmente, durante las horas del mediodía, los Amorreos descansan y el campamento prácticamente se paraliza. Pero nuestra presencia estaba rompiendo esa rutina. Aún así, Amir y sus familiares acogieron nuestras preguntas con paciencia y resignación. Sin embargo, en cuanto Shamash cayó un poco por la cúpula celestial el campamento cobró vida. Si se tiene la oportunidad, merece la pena observar cómo se levanta un campamento Amorreo. Apenas si pudimos pestañear antes de que todas las tiendas estuvieran recogidas en grandes carromatos tirados por dromedarios y el asa’ir entero estuviera en marcha. 

Avanzamos durante varios danna [aproximadamente dos horas] y poco antes de la salida de Sin [la luna, el dios de la luna] llegamos a un pequeño oasis. Los hombres volvieron a levantar las tiendas con la misma destreza con la que las habían recogido y en breve el campamento volvía a tener el mismo aspecto que cuando les habíamos encontrado. Salvo por un pequeño detalle.

Cuando les encontramos, nadie estaba haciendo guardia. Sin embargo, la mitad de los hombres capaces de luchar llevaban lanzas y espadas y estaban montando guardia. El resto estaban sentados alrededor de una hoguera, con sus armas no muy alejadas. Mi curiosidad me pudo y pregunté a Amir el por qué de tanta seguridad, así como la razón para no viajar de noche y así evitar por completo el castigo divino de Shamash. Recuerdo perfectamente que Amir me miró con una sonrisa que dejaba ver muchos años de dura supervivencia y me dijo que la vida en el desierto transcurre de noche.

Los Amorreos nos habían levantado una tienda con varios habitáculos para mí y mis acompañantes. Ya que habíamos pasado todo el día caminando bajo el sol, nos retiramos pronto a descansar. 

[Este relato ha sido publicado en Deimar's (http://deimar.blogspot.com) bajo licencia CC BY NC SA]

[Parte 2]

domingo, julio 14, 2013

Ashipu (y III)

Ku-aya abrió la puerta del barracón para Sabit. Una serie de antorchas colocadas en la pared iluminaban de forma tenue la estancia. La habitación era  bastante alargada y estaba llena de cestos de mimbre. Al fondo, los cestos habían sido apilados unos encima de otros para dejar hueco a un cuerpo que temblaba debajo de una manta en el suelo.

Sabit notaba un olor rancio intentando penetrar sus fosas nasales incluso a pesar del incienso. Se tapó la nariz y la boca con la manga de su túnica y empezó a avanzar por el pasillo bordeado de cestos. Según avanzaba se fijó en las sombras que producían los cestos. La mayoría de ellas proyectadas por las antorchas, salvo aquella que intentaba escabullirse de su mirada.

El joven mushkenu temblaba incontrolablemente. Tenía el cuerpo cubierto de úlceras supurantes y estaba completamente empapado. Ni siquiera notó la presencia de la awilu.

- ¿Qué demonios ha pasado aquí?

La voz de Sabit estaba cargada con algo de irritación e ira. Introdujo su mano dentro de su túnica y extrajo un pequeño cristal negro. El pequeño objeto parecía absorber la luz que impactaba contra su superficie. 

- Te ordeno que abandones a este esclavo

El viento movió el fuego de las antorchas y emitió un sonido que parecía una grotesca imitación de una risa. La sombra que había visto por el rabillo del ojo volvió a aparecer y desaparecer.

- Puede que esos trucos te valgan con gente que no sepa dónde mirar, pero no es mi caso.

Girando sobre sí misma a una velocidad que nadie le hubiera otorgado dada su edad, Sabit se colocó mirando a la sombra. Puso el cristal delante de su lámpara y este proyectó un rayo oscuro sobre el ser, dejándolo a la vista y congelándolo en su posición.

La sombra recordaba vagamente a un mushkenu. Era alta, y tenía cabeza, tronco, brazos, y piernas. Sin embargo, no se podía distinguir ninguna facción en aquel cuerpo fantasmal. Su silueta era casi como el dibujo que un niño hubiera hecho de un mushkenu. Tras unos momentos intentando luchar contra su prisión, se dio por vencida y se quedó inmóvil.

Sabit miró a la sombra, evaluándola. No acababa de comprender como aquél ser se había vuelto tan virulento. Por qué atacaba con tanta violencia. Miró hacia el mushkenu tendido en el suelo. Seguía temblando en el suelo, aunque ahora  algo más calmado.

- Tienes que abandonarle
- No

Una boca se dibujó en la sombra. La voz que salió de ella sonó como un gemido, largo y desgarrador. Aquello pilló un poco por sorpresa a Sabit, que no esperaba sino obediencia. La sorpresa le duró poco sin embargo, convirtiéndose en horror. La mano que sujetaba el cristal empezó a temblar  debilitando la jaula de la sombra.

El ser, notando la debilidad de su prisión, empezó a moverse de un lado a otro, golpeando los invisibles muros que le retenían. La respiración de Sabit se aceleró. Notaba que le faltaba el aire. El pánico se estaba apoderando de ella. Perdía el control. El cristal se resquebrajó en su mano temblorosa. La sombra saltó sobre ella. Y entonces la nada.

Y entonces volvió a aquella tarde con su padre. La luz de Shamash[el dios del sol, el sol] que entraba por la ventana dejaba ver claramente a aquel ser. Su figura era indescriptible. Imposible.  Y delante de él, su padre. Impasible. Imperturbable. Poderoso. Y aquella criatura le obedecía. Aquel engendro, cuya existencia no podía ser posible, se inclinaba ante él y obedecía sus órdenes. Y en aquél momento supo que ella quería ese poder. Se convertiría en un ashupu.

El talismán protector que llevaba colgado del cuello se rompió y la devolvió al momento actual. Notó la presencia de la sombra retirándose de su mente, sin haber conseguido llevarse nada con lo que atacarla, pero dejando atrás una muestra del odio que sentía hacia ella. Un odio intenso, ciego, cuyo único objetivo era exterminarla. 

Habiéndose roto su única protección, tenía que actuar rápido, antes de que la sombra se recuperase del rechazo. Cogió la daga y se abrió una herida en la mano. Rápidamente sacó de su túnica un pequeño matojo de pelos, recogió uno de los restos del cristal y los juntó. Dejó caer algo de su sangre sobre ellos y observó cómo los cabellos penetraban en el cristal.

Algo se movió fuera de su campo de visión. Giró sobre sí misma pero la sombra escapaba continuamente de su vista. Tenía una oportunidad y no podía desperdiciarla. Así que cerró los ojos. Cerró los ojos y se concentró en encontrar a aquella monstruosidad. Y allí estaba. Detrás de ella. Todo odio. 

La sombra saltó, y Sabit saltó con ella. Giró en el aire para encararse con su atacante. Puso el pequeño cristal entre las dos. Y esperó. Esperó que aquello fuese suficiente para pararla. 

El grito de agonía y dolor del pobre Huzuu la sacó de dudas. Había funcionado. La sombra había sido reconducida por el cristal al interior del mushkenu, gracias a los cabellos de este. El esclavo se retorcía de agonía. Sus músculos se tensaban y se relajaban rápidamente. Sabit le clavó la daga en el corazón y esperó a su muerte. 

Cuando salió del barracón, ya quedaba poco tiempo para la salida de Shamash. Instruyó a sus sirvientes para que sacasen el cadáver y lo quemasen cuanto antes. Sabit entregó el trozo de cristal al abrazo del fuego, que lo aceptó gustoso aumentado su llama. En el fulgor de la hoguera pudo ver el espíritu del muchacho escapándose de su cuerpo, flotando a un destino incierto. Y detrás de él, la sombra. Sin nada que le atase a Kishar [el mundo], ya no podía mantenerse aquí.

- Lo siento mucho, Ku-aya. No he podido salvarle. Pero te prometo que ninguno más caeréis enfermos. 
- ¿Cómo pué saberlo? Eso dijo la última vez…
- Si alguno volvéis a caer enfermo durante el próximo warhu, te devuelvo lo que me llevo hoy y le atiendo sin coste. Chicos, recoged nuestro pago y volvamos a casa antes de que salga Shamash. Ha sido una noche larga, y necesito un trago.

La comitiva llegó al palacete de la familia de Sabit poco antes de que los primeros rayos de luz rompiesen la oscuridad de la noche. Al entrar, Sabit vio el cadáver de la cabra en el suelo y lo miró pensativa. La pantomima del hechizo de protección les había dado comida para un par de  semanas. Quizá si lo hubiera realizado de verdad, no habría estado tan cerca de la muerte. Quizá si no hubiera reutilizado tantas veces al mismo espíritu, este no habría ganado tanto poder.

- Ama, con esto podremos sobrevivir durante al menos un par de semanas. Si raciona el vino puede que le dure incluso más. Pero vamos a necesitar capturar otro espíritu y buscar otra víctima.
- No, Gina. No vamos a necesitarlo. Estoy cansada y sólo quiero vino. Tráeme las tinajas que hemos ganado hoy y déjame a solas. Jamás voy a volver a hacerlo.
- Pero, ama… ¿cómo sobreviviremos? No nos queda casi nada. Y no queréis aceptar enfermos a los que no haya hecho enfermar usted misma. 
- ¿Es que acaso no has visto lo que ha pasado? – Sabit estaba gritando, enfurecida con aquél sirviente que se interponía entre su bebida y ella – Hoy un espíritu al que yo misma había invocado casi acaba con mi vida. 

El terror se asomó a la cara del mushkenu, que miró a su hermano buscando apoyo. 
- Pero ama, moriremos de hambre si no sigue trabajando…
- ¡Pues moriremos de hambre! – Sabit dirigió su ira hacía Aristum – ¡Si no puedo con mis creaciones, mucho menos con las aberraciones que hay ahí fuera! ¡No sabéis la suerte que tenéis al no conocer los horrores que pueblan este mundo!

Sabit arrancó de los brazos de Aristum una tinaja de vino y marchó a su habitación. El dolor de cabeza había empeorado. Y los temblores le habían vuelto. Pero sabía cómo hacer que se le pasasen todos los males…

[Este relato ha sido publicado en Deimar's (http://deimar.blogspot.com) bajo licencia CC BY NC SA]

[Parte 1]
[Parte 2]

Ashipu (II)

Sabit conocía el camino de memoria. Incluso de noche podía recorrer los entresijos de los jardines del Ensi hasta llegar a su destino, un pequeño barracón anexo al zigurat que hacía las veces de almacén de semillas. Allí le esperaba Ku-aya, la jefa de cocinas.

- Bien hallá, ama Sabit. Gracias por venir tan tarde y con tan poco aviso.

La corpulenta mushkenu hizo una pequeña reverencia. Sabit la conocía desde años. Una mujer de buen corazón aunque quizá algo simple. Sin embargo eso no había evitado que se convirtiera en el corazón del zigurat, la voz que todos los esclavos de palacio buscaban cuando tenían un problema. Incluso por encima del auténtico mayordomo.

- Déjate de tonterías, Ku-aya, y dime cuál es el proble…
- ¡Ku-aya! ¿Qué está pasando? 

Susandar acababa de llegar con la bolsa y miraba inquisitvo a la cocinera. Con el orgullo perdido en el portón ahora recuperado ante la presencia de alguien sobre el que podía ejercer presión y obtener respuetas. Ku-aya le miró con sorpresa. Y la sorpresa pasó rápidamente a comprensión.

- Dananum no ta dicho na…
- ¡No! ¡No me ha dicho nada y me gustaría saber qué negocios os traéis en los jardines del Ensi a estas horas de la noche!

Las incesantes inquisiciones del joven estaban empezando a producirle a Sabit dolor de cabeza. Tomó nota mental de hacer pagar a Dananum su falta de responsabilidad y reuniendo toda la paciencia que pudo se dirigió a Ku-aya.

- Ahora le ponemos al día, no tenemos tiempo que perder. ¿Qué es lo que sucede?
- Huzuu ha caío presa de algún espíritu. Su cuerpo sá llenao de pústulas y su cuerpo tá más caliente que los hornos las cocinas
- ¿Otra ve…
- ¡¿Qué?! ¡¿Hay alguien maldito en la casa del Ensi?! ¡¿Y no has avisado a nadie?!
- ¡SI ME VUELVES A INTERRUMPIR TE HARÉ TANTO DAÑO QUE DESEARÁS QUE TUS GENITALES HUBIESEN SIDO DEVORADOS POR GUSANOS! ¡APRENDE TU SITIO, ESCLAVO!

El dedo de Sabit temblaba de ira delante de la cara del asustado soldado. Su tono de voz no dejaba lugar a dudas de que era el tipo de persona más que capaz de hacer cumplir sus amenazas. La sangre desapareció por completo de la faz de Susandar, que retrocedió varios pasos. Sabit tardó unos segundos en conseguir parar el temblor de su mano. 

- Ku-aya no ha avisado a nadie porque lo primero que harían tanto el mayordomo como el capitán de la guardia es matar a Huzuu para evitar que la enfermedad se extienda. Para ellos, su vida vale bastante menos que el precio de mis servicios. Y ahora calla, o puede que si eres tú el que cae enfermo,  yo decida quedarme en casa. –Sabit se volvió hacia Ku-aya - ¿Cómo es posible que haya caído alguien más enfermo en tan poco tiempo? ¿No has usado los talismanes que te di la última vez?

- Sí, ‘ama Sabit. Pero aún así esta vé es diferente. El muchacho empezó a sentirse un poco mal a’er, y hoy ya tenía tol cuerpo cubierto de pústulas. Los otros tardaban mucho má en empeorar tanto…
- Entonces podemos asumir que esta enfermedad está siendo instigada por alguien. Tantos casos en tan poco tiempo… Quizá sí que deberíais dar aviso, para que se investigue quién es el responsable

Ku-aya palideció un poco ante aquella sugerencia. Avisar ahora no sólo significa que el joven que se encontraba dentro del barracón iba sin duda a morir, sino que probablemente ella le iba a acompañar. Después de todo, había encubierto y ayudado de la misma manera a unos cuantos esclavos.

- Po favor, señora. No diga eso ni en broma.
- Pues hablemos de otras cosas entonces. ¿Tienes mi pago?

Ku-aya se miró a los pies avergonzada. Sabit empezó a temerse que no, y su irá empezó a acumularse rápidamente. La habían hecho salir de casa por nada.

- Pue… verá. No tenemos tó. Hemo conseguio reunir algunas tinajas de vino, y varia cestas de fruta y semillas, pero no hemo podio conseguir más que una cabra. Caa ve es má difícil conseguirlo tó sin levantá sospechas…

Sabit se quedó pensativa. Era cierto que no era todo o acordado, pero también era verdad que había tenido que visitar ese barracón muchas veces en el último warhu [mes]. Eso valdría de momento.

- Esta vez voy a ayudarte, Ku-aya. Pero si vuelve a pasar, y no tenéis todo lo acordado, no te molestes en llamarme. Trae la cabra.

Ku-aya inclinó la cabeza y desapareció en la oscuridad de la noche. Sabit se dirigió entonces hacia Susandar. El soldado dio un brinco sorprendido y un par de pasos hacia atrás, temeroso de la awilu, pero esta le ignoró por complejo y se dispuso a buscar algo en la bolsa que el soldado portaba. Al rato extrajo un collar de plata y una reluciente daga y volvió a alejarse del soldado, que emitió un sonoro resoplo de alivio. Unos instantes después, Ku-aya volvió arrastrando una cabra bastante famélica y que tenía amordazado el hocico con una tira de cuero.

- Esa cabra es demasiado vieja
- E’ lo único que el viejo Atti me ha podio dá. Ya sio mu generoso con lo que no ha dao antes.

Claramente Sabit no iba a conseguir nada mejor que eso. Así que con resignación cogió la cuerda con la que Ku-aya sujetaba a la inquieta cabra y la trajo hacía así. Al tirar, notó como sus manos volvían a temblar. Si seguía así, podría ser peligroso. Por fortuna, conocía el remedio adecuado para su aflicción. 

- Por cierto, Ku-aya, ¿dónde dices que están esas tinajas de vino? Me vendría bien saciar mi sed antes de…
- ¡Ama!, creo que sería mejor  mantener la cabeza despejada antes de tan peligroso trabajo, ¿no creéis?

Sabit miró a su criado con cierta ira en los ojos. Sin embargo, Gina mantuvo con firmeza su mirada, hasta que Sabit decidió que era mejor no luchar esa batalla allí. Quizá cuando volviesen a casa…

- Sí, tienes razón. Bueno, empecemos entonces. Venid y ayudadme, chicos.

Sus dos criados sujetaron fuertemente a la cabra. Esta, asustada, no paraba de intentar escapar de la presa. Sabit agarró uno de los cuernos y procedió a colocar el collar de plata en el cuello del animal. Una vez colocado el collar, la mujer levantó la cabeza de la chiva para que mirase al cielo. 

- Tranquilo. Ya visto muchas veces esto. Lo hace solo pa protegerse – Dijo Ku-aya a Susandar, mientras ponía una mano sobre su hombro.

Sabit, oyéndoles, giró la cabeza para mirar al soldado. Cogió la daga y la levantó hacia el cielo, y sin apartar la mirada dijo:

- Espíritus y demonios, mirad a Sabit.

Y entonces, dedicó una sonrisa a Susandar. Su mano descendió sobre el cuello del animal de forma casi imperceptible, con la destreza del que ha realizado esa operación incontables veces. La cabra cayó fulminada al suelo y empezó a sangrar profusamente, mientras intentaba liberarse con sus últimas fuerzas del peso que los dos esclavos ejercían sobre ella. El soldado dio un pequeño ahogó un grito al ver el espectáculo.

- Aristum, ya sabes lo que hay que hacer.
- Sí, ama.

El corpulento mushkenu levantó entonces el cadáver del animal y lo cargó al hombro. Entonces, desapareció en la oscuridad, rumbo a la puerta de la muralla. Sabit se dirigó otra vez a su bolsa y recogió una pequeña lámpara. Al encenderla, un intenso olor a incienso inundó el lugar.

- Bien, echemos un vistazo al enfermo.

[Este relato ha sido publicado en Deimar's (http://deimar.blogspot.com) bajo licencia CC BY NC SA]

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