domingo, julio 14, 2013

Ashipu (y III)

Ku-aya abrió la puerta del barracón para Sabit. Una serie de antorchas colocadas en la pared iluminaban de forma tenue la estancia. La habitación era  bastante alargada y estaba llena de cestos de mimbre. Al fondo, los cestos habían sido apilados unos encima de otros para dejar hueco a un cuerpo que temblaba debajo de una manta en el suelo.

Sabit notaba un olor rancio intentando penetrar sus fosas nasales incluso a pesar del incienso. Se tapó la nariz y la boca con la manga de su túnica y empezó a avanzar por el pasillo bordeado de cestos. Según avanzaba se fijó en las sombras que producían los cestos. La mayoría de ellas proyectadas por las antorchas, salvo aquella que intentaba escabullirse de su mirada.

El joven mushkenu temblaba incontrolablemente. Tenía el cuerpo cubierto de úlceras supurantes y estaba completamente empapado. Ni siquiera notó la presencia de la awilu.

- ¿Qué demonios ha pasado aquí?

La voz de Sabit estaba cargada con algo de irritación e ira. Introdujo su mano dentro de su túnica y extrajo un pequeño cristal negro. El pequeño objeto parecía absorber la luz que impactaba contra su superficie. 

- Te ordeno que abandones a este esclavo

El viento movió el fuego de las antorchas y emitió un sonido que parecía una grotesca imitación de una risa. La sombra que había visto por el rabillo del ojo volvió a aparecer y desaparecer.

- Puede que esos trucos te valgan con gente que no sepa dónde mirar, pero no es mi caso.

Girando sobre sí misma a una velocidad que nadie le hubiera otorgado dada su edad, Sabit se colocó mirando a la sombra. Puso el cristal delante de su lámpara y este proyectó un rayo oscuro sobre el ser, dejándolo a la vista y congelándolo en su posición.

La sombra recordaba vagamente a un mushkenu. Era alta, y tenía cabeza, tronco, brazos, y piernas. Sin embargo, no se podía distinguir ninguna facción en aquel cuerpo fantasmal. Su silueta era casi como el dibujo que un niño hubiera hecho de un mushkenu. Tras unos momentos intentando luchar contra su prisión, se dio por vencida y se quedó inmóvil.

Sabit miró a la sombra, evaluándola. No acababa de comprender como aquél ser se había vuelto tan virulento. Por qué atacaba con tanta violencia. Miró hacia el mushkenu tendido en el suelo. Seguía temblando en el suelo, aunque ahora  algo más calmado.

- Tienes que abandonarle
- No

Una boca se dibujó en la sombra. La voz que salió de ella sonó como un gemido, largo y desgarrador. Aquello pilló un poco por sorpresa a Sabit, que no esperaba sino obediencia. La sorpresa le duró poco sin embargo, convirtiéndose en horror. La mano que sujetaba el cristal empezó a temblar  debilitando la jaula de la sombra.

El ser, notando la debilidad de su prisión, empezó a moverse de un lado a otro, golpeando los invisibles muros que le retenían. La respiración de Sabit se aceleró. Notaba que le faltaba el aire. El pánico se estaba apoderando de ella. Perdía el control. El cristal se resquebrajó en su mano temblorosa. La sombra saltó sobre ella. Y entonces la nada.

Y entonces volvió a aquella tarde con su padre. La luz de Shamash[el dios del sol, el sol] que entraba por la ventana dejaba ver claramente a aquel ser. Su figura era indescriptible. Imposible.  Y delante de él, su padre. Impasible. Imperturbable. Poderoso. Y aquella criatura le obedecía. Aquel engendro, cuya existencia no podía ser posible, se inclinaba ante él y obedecía sus órdenes. Y en aquél momento supo que ella quería ese poder. Se convertiría en un ashupu.

El talismán protector que llevaba colgado del cuello se rompió y la devolvió al momento actual. Notó la presencia de la sombra retirándose de su mente, sin haber conseguido llevarse nada con lo que atacarla, pero dejando atrás una muestra del odio que sentía hacia ella. Un odio intenso, ciego, cuyo único objetivo era exterminarla. 

Habiéndose roto su única protección, tenía que actuar rápido, antes de que la sombra se recuperase del rechazo. Cogió la daga y se abrió una herida en la mano. Rápidamente sacó de su túnica un pequeño matojo de pelos, recogió uno de los restos del cristal y los juntó. Dejó caer algo de su sangre sobre ellos y observó cómo los cabellos penetraban en el cristal.

Algo se movió fuera de su campo de visión. Giró sobre sí misma pero la sombra escapaba continuamente de su vista. Tenía una oportunidad y no podía desperdiciarla. Así que cerró los ojos. Cerró los ojos y se concentró en encontrar a aquella monstruosidad. Y allí estaba. Detrás de ella. Todo odio. 

La sombra saltó, y Sabit saltó con ella. Giró en el aire para encararse con su atacante. Puso el pequeño cristal entre las dos. Y esperó. Esperó que aquello fuese suficiente para pararla. 

El grito de agonía y dolor del pobre Huzuu la sacó de dudas. Había funcionado. La sombra había sido reconducida por el cristal al interior del mushkenu, gracias a los cabellos de este. El esclavo se retorcía de agonía. Sus músculos se tensaban y se relajaban rápidamente. Sabit le clavó la daga en el corazón y esperó a su muerte. 

Cuando salió del barracón, ya quedaba poco tiempo para la salida de Shamash. Instruyó a sus sirvientes para que sacasen el cadáver y lo quemasen cuanto antes. Sabit entregó el trozo de cristal al abrazo del fuego, que lo aceptó gustoso aumentado su llama. En el fulgor de la hoguera pudo ver el espíritu del muchacho escapándose de su cuerpo, flotando a un destino incierto. Y detrás de él, la sombra. Sin nada que le atase a Kishar [el mundo], ya no podía mantenerse aquí.

- Lo siento mucho, Ku-aya. No he podido salvarle. Pero te prometo que ninguno más caeréis enfermos. 
- ¿Cómo pué saberlo? Eso dijo la última vez…
- Si alguno volvéis a caer enfermo durante el próximo warhu, te devuelvo lo que me llevo hoy y le atiendo sin coste. Chicos, recoged nuestro pago y volvamos a casa antes de que salga Shamash. Ha sido una noche larga, y necesito un trago.

La comitiva llegó al palacete de la familia de Sabit poco antes de que los primeros rayos de luz rompiesen la oscuridad de la noche. Al entrar, Sabit vio el cadáver de la cabra en el suelo y lo miró pensativa. La pantomima del hechizo de protección les había dado comida para un par de  semanas. Quizá si lo hubiera realizado de verdad, no habría estado tan cerca de la muerte. Quizá si no hubiera reutilizado tantas veces al mismo espíritu, este no habría ganado tanto poder.

- Ama, con esto podremos sobrevivir durante al menos un par de semanas. Si raciona el vino puede que le dure incluso más. Pero vamos a necesitar capturar otro espíritu y buscar otra víctima.
- No, Gina. No vamos a necesitarlo. Estoy cansada y sólo quiero vino. Tráeme las tinajas que hemos ganado hoy y déjame a solas. Jamás voy a volver a hacerlo.
- Pero, ama… ¿cómo sobreviviremos? No nos queda casi nada. Y no queréis aceptar enfermos a los que no haya hecho enfermar usted misma. 
- ¿Es que acaso no has visto lo que ha pasado? – Sabit estaba gritando, enfurecida con aquél sirviente que se interponía entre su bebida y ella – Hoy un espíritu al que yo misma había invocado casi acaba con mi vida. 

El terror se asomó a la cara del mushkenu, que miró a su hermano buscando apoyo. 
- Pero ama, moriremos de hambre si no sigue trabajando…
- ¡Pues moriremos de hambre! – Sabit dirigió su ira hacía Aristum – ¡Si no puedo con mis creaciones, mucho menos con las aberraciones que hay ahí fuera! ¡No sabéis la suerte que tenéis al no conocer los horrores que pueblan este mundo!

Sabit arrancó de los brazos de Aristum una tinaja de vino y marchó a su habitación. El dolor de cabeza había empeorado. Y los temblores le habían vuelto. Pero sabía cómo hacer que se le pasasen todos los males…

[Este relato ha sido publicado en Deimar's (http://deimar.blogspot.com) bajo licencia CC BY NC SA]

[Parte 1]
[Parte 2]

2 comentarios:

Rubio Nogueira dijo...

¡Muy bueno! No me esperaba ese final, la verdad. Estafadores místicos y La Puerta de Ishtar, no puede salir nada malo de ello xD.

Deimar dijo...

Muchas gracias por el comentario y me alegra que te haya gustado :)