domingo, diciembre 14, 2014

Dos maduros en Japón (VIII) - Touring in the rain

5 de Octubre de 2014

I'm singing in the rain!! Just singing in the rain!! El tifón Phanfone de clase 4, casi 5, el máximo, ya está aquí. ¡Bieeeeeeeeen! Y con él un montón de lluvia. Y un madrugón. Aunque esto último va por cuenta de la casa.

Primera parada del día, Matsumoto. Para ello recorremos bajo la lluvia las solitarias calles de un domingo a las 7 de la mañana de un Tokyo desierto. Aunque los tres amigos de la obra siguen ahí. Dos mirando y uno currando, por supuesto. Y el del Family Mart, que nos vende nuestro desayuno: un saladito y otro bollo algo menos salado (es lo que tiene meter una tableta de chocolate dentro de un croissant). Porque estoy un poco hasta las narices de las bolas de arroz. Pero MrK no, que va feliz de la vida con su bola y unas almóndigas.

El caso es que dos horas y media después llegamos a Matsumoto. Con lluvia. Si algo se puede decir de Japón es que puedes encontrar a la santísima trinidad en todas partes. La santísima trinidad formada por los 7/11, los Family Mart y Lawson, cuya misión parece ser ir allá donde ningún hombre ha estado. Que es en todas partes.

Matsumoto según sus habitantes. Nótese que el futbolista es más grande que el castillo. Como nosotros, saben lo que es realmente importante...

Por lo demás, Matsumoto no destaca demasiado salvo por su increíble castillo. Que es muy, muy, muy, pero que muy molón. Aunque no es demasiado grande, me ha gustado mucho, pese a que cometimos un error grave. No dejamos las mochilas en ninguna consigna. Y teniendo en cuenta que te hacen descalzarte y poner las zapatillas, paraguas y cazadoras en bolsas de plástico que llevas contigo, acabamos pareciendo burros de carga. Y además las escaleras son estrechas por lo que cruzarnos con gente, y te juntas con mucha gente, era todo un espectáculo.

Esta foto no le hace justicia. Y por dentro mola aún más a pesar de estar mayormente vacío...

El resto de la ciudad es un poco meh, aunque puede que no ayude el diluvio que estaba cayendo. Además, también la vimos con prisa porque teníamos que coger billetes de autobús para nuestro siguiente destino. Prisa e inquietud, ya que la ruta pasa cerca del volcán Ontake, y por la ladera de una montaña mientras hay peligro de vientos huracanados... fiesta...

Aunque el resto de la ciudad tiene esta estatua. Y ya sólo por eso merece la pena verla.

Pero al final todo va bien, es sólo que soy una drama queen y me gusta preocuparme. Y es genial que vaya todo bien, porque el paisaje es espectacular. Valles verdes llenos de árboles, lagos, presas... Un cambio muy agradable comparado con Tokyo. Sí, Tokyo no me gusta demasiado.

¿A que mola el paisaje desde el autobús? ¿Que no se ve? Tanto me da, me encanta esta foto y la voy a poner con toda al alevosía del mundo...

Siguiente parada: Takayama. Ciudad congelada en el tiempo. Casas del siglo XVIII. Las más modernas al menos. Preciosa, aunque al estar diluviando no hay ni dios en la calle salvo nosotros y un pobre tirador de carro al que unos japoneses están torturando haciéndole enseñarles la ciudad bajo la tempestad.

Casi esperaba ver ninjas corriendo por los tejados (y pegándose la leche del siglo con lo resbaladizos que debían estar)

Por otra parte la lluvia me está permitiendo usar el chubasquero que me compré para China de forma correcta. De forma correcta porque la única otra vez en la que lo he usado fue para simular un peto de caballero en un rol en vivo. Aunque también estoy aprendiendo nuevos usos y malabares para proteger la cámara nueva mientras hago fotos.

Por suerte los árboles ayudan a no tener que hacer demasiados malabares...

Pero me desvío. La ciudad y sus alrededores son preciosos.Y su carne también. Preciosa, hermosa, sabrosa, una obra de arte. Cenamos en Yamatake, una carnicería que dobla como restaurante en la que eliges un filetón crudo y te lo trocean. Y entonces te lo haces a la brasa como quieras. No es que la carne sea buena, es que no hay palabras para describirla. O si las hay yo nunca las he aprendido. Y el dueño es muy majo. Eso sí, controlar las llamas es un infierno (ja ja) y el sitio es caro, pero merece la pena.

Best. Dinner. Ever.

Para acabar el día nos cogemos de postre un Kit Kat negro en un supermercado, horrible, y así sin pena ni gloria pasamos el día.

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1 comentario:

Rodrigo García Carmona dijo...

A mí también me encantó el Japón campestre. Es una chulada.