domingo, noviembre 30, 2014

Dos maduros en Japón (IV) - Pescado mojado

¡Me cago en MrK, su antiguo jefe y la madre que los parió!. Esta noche le han llamado a las 4 de la mañana para felicitarle y nos hemos levantado a las 6:45 para ir a la lonja de Tsukiji, el mercado de pescado más grande del mundo. Dormir es para gente cobarde. No pasear por Tokyo bajo una lluvia intensa también. Va a ser un día genial.

Así que cogemos lo imprescindible y nos dirigimos a la lonja, en la zona de Ginza. Treinta minutos de caminata bajo la lluvia y llegamos a las 8. La zona alrededor de la lonja está llena de pequeños restaurantes que asumo se nutren del pescado fresco. Aunque ya se ve alguna que otra cosa cerrada todavía hay bastante actividad. En cada uno de los locales abiertos se puede ver a gente desayunando y resguardándose de la lluvia. Lo sorprendente es que no son todos extranjeros, lo que indica que vamos a disfrutar de una buena pitanza. Pero antes la lonja.

Pasados los restaurantes se llega a una zona abierta que vibra con la ferviente actividad de sus ocupantes. Un centenar de lo que hemos denominado como hombres barrilete deambulan por todas partes. La ¿plaza? ¿calle? es sólo la antesala, donde hacen las descargas y mueven las mercancías. Pero una vez se deja atrás se entra a un amplio edificio divido en isletas con puestos, de pescado claro, y gente yendo de un lado a otro con cajas. Y hombres barrilete, siempre hombres barrilete.

¡¡Hombres barriletes!!

Intentamos desayunar en uno de los locales que hay junto a la lonja y del que habían hablado a MrK. A MrK y a medio mundo, porque la cola daba la vuelta al edificio. Como esperar bajo la lluvia no es nuestro fuerte decidimos probar en otro sitio cercano que nos convencía y estaba bastante más vacío. El local era bastante pequeño y muy estrecho, yo casi no cabía con la mochila. Para alegría de mi bolsillo no era un local de pide todo el sushi que quieras, que a MrK le hubiera vuelto loco, sino que tenían varios platos donde elegir, aunque todos con una base común. Así que café, bola de arroz, sopa y abundante atún. En mi caso acompañado de unas huevas de algo y en el caso de MrK de una masa amarilla indefinida (que más tarde descubriríamos que era erizo de mar... pero mucho más tarde). Mi breve opinión sobre el desayuno: Best. Atún. Ever. Buenísimo.

Al salir le compramos un paraguas a una señora por 500JPY para MrK, que no había tomado la precaución de traer un impermeable. El paraguas es uno de esos transparentes molones. Y un timo. Para cuando nos damos cuenta de que tiene dos varillas dobladas ya es un poco tarde para volver. Pero da gusto ver que en cualquier país al que vayas puedes esperar ser timado si compras cosas en la calle.

Encaminamos nuestros húmedos pasos al cercano teatro kabuki de Kabuki-za para ver si ahí nos podemos guarecer un poco de la lluvia mientras aprovechamos para alimentar nuestros cerebros de gaijin con algo de cultura japonesa. Pero volvemos a encontrarnos con un choque cultural que nos impide entrar. El choque de nuestra cultura de no hacer cola bajo la lluvia junto con las cincuenta personas que ya hay para ver el acto uno. Digo el acto uno porque la obra dura todo el día, o hasta las seis, pero se puede pagar por presenciar sólo un acto de una hora de duración. En cualquier caso, además de esperar a que esas cincuenta personas comprasen su entrada luego había que esperar media hora más para entrar. Bajo la lluvia. Paaaaaaaaaaaasando...

La mezcla perfecta de lo antiguo, lo moderno y lo mojado...
La guía del friki indicaba ir de parques y templos ahora, pero decidimos mandarla a paseo y buscarnos una actividad que cumpliese un requisito muy simple: ser de interior. Así que nos cruzamos media ciudad para ir al museo de Edo-Tokyo, en la zona de Ryogoku. Este museo está dedicado a la ciudad de Tokyo y su historia y me parece altamente recomendable. Se pueden ver maquetas de la ciudad durante diferentes períodos, escenarios, ropajes, barcos, carruajes... Y los miércoles, como hoy, es gratis. Incluso mejor. Y no lo digo sólo porque no nos estemos mojando.

De ahí fuimos al estadio/museo del sumo, Ryogoku Kokugikan, que está justo al lado del museo. Pero este no merece la pena. Para empezar sólo hay combates en los meses impares, y hoy es uno de octubre. Guay. Y luego la parte del museo es sólo una habitación llena de copas, medallas y fotos de los campeones, que a nosotros no nos decían mucho. Aunque me quito el sombrero ante los dos campeones occidentales.

Lamentablemente no dejaban hacer fotos dentro, así que conformaos con los gordos de fuera

Decidimos acabar la zona con un paseo por el parque cercano (sí, perspicaz lector, ya no llovía) y visitar un establo de sumo, que es como se llaman los gimnasios donde entrenan los luchadores. En el estadio se pueden encontrar mapas con las localizaciones de todos los establos de la zona, y son muchos, pero por desgracia el que probamos no admitía observadores, así que nuestro gozo acabó en el proverbial pozo.

Hartos de todo nos volvimos al hotel y, después de un par de onigiris, caímos en la inconsciencia hasta unas pocas horas más tarde. Mi OCD me pegó una patada en el culo y me picó completar lo que ayer dejamos por visitar: el museo del Ramen de Yokohama. El museo está en la estación de Shin-Yokohama. No sé qué significa Shin pero lo usan para indicar las paradas del Shinkansen, el tren bala. No todos se pueden coger con el pase, pero los que se pueden coger circulan con suficiente frecuencia como para que no suponga un problema. Se puede coger el tren sin reservar asiento, pero eso te limita a unos pocos vagones, así que reservamos y nos plantamos en el museo.

La entrada al museo es bastante poco impresionante. Aparte de una pista de scalextric y los carteles de los ocho cocineros que tienen restaurante ahí con la explicación de sus estilos de Ramen hay más bien poco. Un montón de merchandasing que no tiene nada que ver con el ramen, porque incluso a los dueños del museo supongo que les costaría encontrar qué demonios vender relacionado con él.

¿Algo que ver con el ramen? Nada, pero mola un puñao...

Pero la zona de restaurantes mola muchísimo. Está decorada simulando una ciudad japones en la época de la segunda guerra mundial.  Por un precio razonable, aparte de lo que cuesta la entrada al museo, puedes comer en cualquiera de los restaurantes. Cada uno de ellos tiene el menú en una máquina fuera del local. Seleccionas y pagas allí y entregas el cupón dentro del restaurante. Elegimos un ramen no muy picante, a gran pesar de MrK, y con panceta. A mí me gusto, aunque MrK opinó que era un poco insípido (y que la panceta engorda porque es pura grasa).

Después de cenar nos volvimos al hotel y, sorprendentemente después del día que hemos pasado, a dormir.

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