domingo, abril 07, 2013

¡Hasta luego, Lucas!

Sí, sí. Mis avezados lectores se habrán dado cuenta nada más leer el título de que va esta entrada. De un suceso triste que ha sucedido esta semana: el cierre del estudio LucasArts por parte de su nueva propietaria, Disney. En realidad, no es un suceso tan triste ya que quedaba poco que lamentar. De la compañía que jugó una parte tan importante durante mi infancia quedaba más bien poco. Pero aún así, me voy a sumar a la ingente cantidad de personas que han soltado una lagrimita por el cierre de este estudio. Un estudio que estaba hecho del material del que están hechos los sueños. 

The monkeys are listening...

Pero no voy a hablar de su historia y eso. Creo que hay gente que lo cuenta mejor que yo. De hecho, yo mismo ya lo he contado mejor de lo que podría contarlo aquí. No esta vez voy a hablar de mí, y de por qué le tengo ese cariño.

Por si a alguien todavía le pilla por sorpresa tras leer este blog, de siempre he sido bastante introvertido. No tenía muchos amigos. Principalmente uno, mi vecino. Nos pasábamos las tardes juntos en su casa y un día su padre le regaló un PCW. Para el que no lo sepa, un PCW es un ordenador primigenio con monitor a color (como 8 colores) y que usaba discos de cinco pulgadas y cuarto (vamos, que no era tan primigenio... sólo lo suficiente). Echamos incontables horas a los pocos juegos que tenía: el Head over Heels, el Batman, el Livingston Supongo y lo que iba a ser lo más cercano a una aventura gráfica: el Jabato. Sentíamos una verdadera obsesión con el juego y nos pasamos incontables tardes delante de la pantalla intentando resolverlo. Por supuesto, esto degeneró en la no-tan-sana envidia de los niños pequeños y empecé a llorarle a mi padre por un ordenador. Mi padre al final acabó cediendo, y un buen día apareció con mi primer ordenador debajo del brazo: un Amiga 500.

Tana nana nana Tana nana nana Batman!!!

Las intenciones de mi padre eran buenas. Picarme la curiosidad y que jugase con el sistema operativo y el Basic como lenguaje de programación. Pero a mi, pese a que si que hice cosas con Basic, me gustaba más lo de los juegos. Y a pesar de que mi padre es cartero, tenía acceso a la red de distribución oficial pero no oficial de software para Amiga. Y uno de los primeros juegos que llegó fue The Secret of Monkey Island.

Aún recuerdo cuando probé aquellos 4 discos de 3 pulgadas y media. Por aquel entonces yo sólo podía tocar el ordenador los fines de semana, y me pasaba la mayor parte de estos en casa de mi abuela. Así que tenía que aprovechar los sábados por la mañana y parte de la tarde para jugar. Así que cuando llegaba alguna remesa de juegos tenía que aprovechar para probarlos cuanto antes sin dedicar mucho tiempo a ninguno. Metí el disco 1, miré las diferentes pantallas de carga (mención especial a la del grupo Skidrow... ya sabéis por qué) y me dio la bienvenida una de las intros más famosas del mundo del videojuego.


Creo que podría vender al swordmaster con tan sólo los tres duelos necesarios para clasificarme...

Y no probé más. Durante más de un mes mi vecino y yo nos juntábamos los sábados para intentar avanzar. Con la desventaja de que no fuimos capaces de aprender a salvar partida. Añadiré que además nos quedamos atascadísimos porque no descubrimos como entrar a la cocina del bar Scumm. Pero fue un mes de juntarnos, hablar con todos los habitantes de la isla Melee, recoger objetos, explorar territorios misteriosos... Y daba igual que nos perdiesemos la mitad de las bromas y referencias. Era un mundo maravilloso, interactivo, donde todo era posible. Gracias a la Micromanía conseguimos resolver ese acertijo, y luego cada vez que nos atascabamos acabábamos recurriendo a la solución. Pero aún así, y a base de empezar desde el principio cada vez, a día de hoy soy capaz de resolver el juego de memoria. Y no considero ni medio bit de esa memoria malgastado.

Incluso después de habérmelo pasado, recaía cada cierto tiempo en volver a jugarlo. Pero también fueron llegando otras aventuras gráficas. Como Indiana Jones and the Last Crusade. No pude ver la película en cines, pero la cinta en la que tenía una versión grabada del plus quedó completamente desgastada. Así que, al igual que con el MI, jugué como unas mil veces... muchas de ellas sin haber respondido correctamente a la petición de traducción de Marcus al principio (*cof* protección anticopia *cof*), lo que te limitaba a las primeras pantallas. Pero eso daba igual (aunque al final conseguí las tablillas de traducción). Lo importante era recordar cada frase de la película y verla plasmada en el juego.

Erm... ¿el puzle más difícil de la historia? Ejem...

Igual que me pasó con Maniac Mansion. Supliqué a un amigo de mi padre (modo niño de 7 años) que me lo copiase. Y estuve durante meses superbloqueado porque no conseguía abrir la puerta del segundo piso. Incluso me compré (o más bien me lo compró mi padre) el libro de pistas porque me dijeron que ahí venían los códigos. Me mintieron claro. Porque los códigos eran el anticopia. Y ahí fue donde mi inocencia quedó perdida para siempre cuando comprendí que los reyes son los padres y que los juegos vienen con protección. Esos nunca los conseguí, aunque hice todo lo posible sin subir del piso y luego descubrí que había una partida guardada justo nada más abrir la puerta que me permitió jugar el resto del juego (aunque sin elegir personajes). Y le saqué mucho provecho al libro de pistas, que además me parecía supermolón eso de tener que usar un filtro rojo para poder leer las letras. Sí, me pareció supermolón en lugar de pensar que era una mierda para evitar que lo fotocopiases. Era muy inocente.

Y jamás olvidaré el día que me compraron el MI2. Fue en junio, y acababa de salir. O no. A mi vecino sus padres le hacían regalos por aprobar todas, así que en una hábil negociación conseguí que es año colase, antes de que mi padre se aprendiese eso de que las notas buenas las tenía que sacar por mí, no porque me diesen un regalo o por ellos. Así que pedí el MI2 que tenía que salir ese mes. Y nos recorrimos TODAS las tiendas Mail de Madrid. El juego en realidad salía el día después. Aún así encontramos un Corte Inglés donde nos lo vendieron... más caro que en el Centro Mail, cosa que mi padre no paró de recordarme cabreado durante el viaje de vuelta. Pero a mí me daba igual, porque estaba abrazado a mi nueva y flamante caja. Con sus nuevos y flamantes once discos. Teniendo que meter y sacar varios para cada pantalla.

Cuando algo inspira de esta forma, merece ser recordado...

Y muchos otros juegos y recuerdos que me acompañaron durante la infancia (Loom, Indiana Jones and the Fate of Atlantis) o la adolescencia PCera post-Amiga (Day of the Tentacle, Sam&Max, The Dig, Grim Fandango, Dark Forces, Jedi Knight I&II, KotOR I&II, los juegos del episodio I, Curse y Escape from Monkey Island...). Puede que antes de cerrar ya no fuese la compañía que yo recordaba. La que creaba mundos fantásticos que recorría fascinado una y otra vez. La compañía y los desarrolladores con los que estoy seguro que compartía un profundo amor por los videojuegos que se veía en cada uno de sus productos. La que me enseñó a disfrutar de las historias, a desarrollar un sano sentido del humor y a nunca pagar más de veinte dolares por un videojuego. Pero algo se muere en el alma cuando un amigo se va... especialmente uno con el que has compartido tantas horas de vida. Así que, parafraseando al gran Chiquito de la Calzada: ¡Hasta luego, Lucas!


1 comentario:

Rodrigo García Carmona dijo...

"Con la desventaja de que no fuimos capaces de aprender a salvar partida."

LOL